¿Dónde se ubican los biocombustibles en la transición energética en México?

La bioenergía es una fuente de energía renovable muy versátil, que puede contribuir al cambio necesario hacia un modelo energético más sustentable.

OMAR MASERA CERRUTI*

Es impostergable acelerar la transición a un sistema energético sostenible en México basado en las energía renovables y la eficiencia energética, con el fin de afrontar retos que plantea el cambio climático, así como el agotamiento de los combustibles fósiles y el desarrollo económico a largo plazo. Para agilizar la transición energética y diversificar el portafolio de producción de energía se deben crear políticas públicas, establecer objetivos legalmente vinculantes, eliminar las subvenciones a la energía fósil y asegurar el apoyo financiero a las energías renovables.

Una de las opciones más importantes para avanzar en esa transición es la bioenergía. La bioenergía puede obtenerse a partir de residuos vegetales y animales de actividades agropecuarias, de cultivos dedicados, o de la madera y carbón vegetal. Incluye toda una gama de aplicaciones tecnológicas desde aquéllas dirigidas a proporcionar calor para aplicaciones residenciales e industriales, así como generación de electricidad y combustibles líquidos para el transporte como etanol y biodiesel.

Ciertamente, se ha criticado mucho el uso de los biocombustibles líquidos para el transporte, y esa crítica es válida para
los de primera generación y muy particularmente para los que compiten directamente con alimentos y tienen perfiles ambientales muy pobres como el etanol a partir de maíz. Sin embargo, no se trata de buscar un el dorado energético. Si insistimos en buscarlo, vamos mal. No hay grandes soluciones fáciles –ni gas, ni nuclear, ni eólica, ni biomasa, ni solar–. Más que buscar esas alternativas mágicas que nos permitan mantener el status quo y la voracidad energética dominante, debemos ir diseñando nuevos sistemas energéticos eficientes, mucho más diversos, flexibles, adaptados a las condiciones de cada país, que son tremendamente diversas. En ese sentido, nuestro trabajo como analistas energéticos es mucho más ir explorando nichos de distintas opciones y estudiar cómo integrarlas en un sistema energético sustentable, que tratar de encontrar esas grandes soluciones mágicas.

Revisemos los impactos de los biocombustibles líquidos.

En cuanto al tema de la seguridad alimentaria, efectivamente los impactos pueden ser negativos, dependiendo de las escalas y tipos y sistemas de cultivos que se promuevan. Un elemento importante para tener en cuenta es que la mayor parte de la producción (en términos de biomasa) de varios biocombustibles es de hecho comida (por ejemplo, en el caso de la soya el 80% del producto cosechado va para una torta proteica que se usa como alimento animal y el 20% es aceite que puede ir para biodiesel). Por lo menos a los precios actuales los biocombustibles per se no son viables si no van acompañados de otros subproductos de valor económico (es decir, se trata de una gran agroindustria, una de cuyas facetas es la producción de biocombustibles). Pero se deben valorar otros aspectos.

En cuanto a la desforestación, la Rembio hizo un trabajo con el Centro Internacional de Investigaciones Forestales (CIFOR) para tratar de determinar el papel de los biocombustibles en la desforestación mundial. No hay resultados concluyentes en el sentido de que los biocombustibles sean actualmente una causa de deforestación masiva. Uno de los resultados de la investigación es que realmente es muy difícil cuantificar con precisión su impacto porque muchas veces no hay relación directa entre el lugar que se establecen los cultivos (soya, palma) y el lugar en el que se produce el aceite. Asimismo, en años recientes (2000-2009) la expansión de los cultivos ha sido sobre todo para producción de alimentos –debido sobre todo a la demanda de proteínas en China– y de aceite de palma también como alimento.

Para Brasil, obtuvimos que el 6% de la deforestación total en Mato Grosso podía deberse a la expansión del biodiesel de soya. El debate es más bien sobre la deforestación futura que podría causar una expansión a gran escala de los biocombustibles.

Por ejemplo, en África muchas compañías han comprado grandes extensiones de tierra para tener la “opción” de entrarle al mercado de biocombustibles.

También debemos tomar en cuenta que el término biocombustibles se refiere a un universo muy variado de opciones.

No es posible meterlos a todos en la misma canasta, a riesgo de caer un una posición puramente amarillista. Una parte pequeña, pero importante, de los biocombustibles líquidos proviene de residuos (aceites comestibles usados y grasas animales) y es totalmente sustentable. De hecho, estos biocombustibles convierten un problema sanitario en un recurso energético-económico. Por ejemplo, la mayor planta de biodiesel en México era de un grupo en Monterrey que producía este combustible a partir de grasas animales obtenidas como desecho de rastros. Este biodiesel se vendía a Pemex como lubricante para el diesel de ultra bajo en azufre. Sin embargo,  Pemex optó por continuar utilizando lubricantes fósiles y la planta se tuvo que cerrar.

VENTAJAS DE LA CAÑA DE AZÚCAR

En cuanto a la sustitución real de gasolina o diesel o la mitigación neta de emisiones de gases de efecto invernadero –que debe ser un objetivo central de los biocombustibles– los índices son muy variables según el tipo de cultivo. El maíz no es de las mejores opciones. Pero no así la caña de azúcar, que si no proviene de desforestación, tiene índices de sustitución del 80%. Aquí, la clave es tener sistemas donde la electricidad requerida para la planta de etanol se genera con el bagazo, mientras que la vinaza se usa como biofertilizante. Producido de esta manera el etanol de caña puede ser competitivo en precio frente a los combustibles de origen fósil. Sin lugar a dudas, lo es Brasil, donde su uso se ha masificado.

Aunque México no es Brasil, tampoco es cierto que todas las tierras degradadas en México tengan valor ecológico y se usen con fines alimenticios. Al contrario, hay más de 60 millones de hectáreas que está manejada actualmente como pastizales extensivos de muy baja productividad o simplemente abandonada. Una pequeña parte de esta área podría tener –bajo esquemas agroecológicos y sistemas eficientes– un uso para la producción de biocombustibles. Por ejemplo, en la Red Mexicana de Bioenergía (REMBIO A.C.) estudiamos algunos escenarios de desarrollo de biocombustibles incluyendo criterios de sustentabilidad. En el caso de la caña de azúcar, se observa que se puede desplazar el 26% de la demanda de gasolina en 2008 y mitigar el 13% de la generación de electricidad que proviene de carboeléctricas, estableciendo 2.9 millones hectáreas de caña en áreas de pastizales degradados (es decir, evitando establecer el cultivo en tierras agrícolas, o de riego, en áreas naturales protegidas, o en zonas de bosques).

Otra alternativa para producción de etanol en México es el uso de melazas, que se obtienen como subproducto del cultivo de la caña para producir azúcar. México exporta actualmente 1.4 millones de toneladas de melaza que, si se utilizaran para producir etanol, permitirían obtener 400 millones de litros por año o el doble de la meta que establece el Programa de Bioenergéticos al 2012 para oxigenación de las gasolinas. Esto es interesante porque la melaza proviene del área ya establecida para el cultivo de caña y no satisface las necesidades internas de azúcar de México. Al parecer, el problema de no aprovechar esta alternativa es más de monopolio de la melaza que el hecho que su transformación a etanol no sea competitiva en precio.

Por otra parte, en el caso de los biocombustibles de segunda y tercera generación, se está investigando una gran cantidad de procesos y aplicaciones muy prometedores y, si bien es muy temprano para poder cantar victorias rimbombantes todavía –y tampoco debemos creerles a quienes plantean que estos biocombustibles serán el dorado energético– no se puede cerrar las puertas a la investigación y desarrollo, porque nos pueden esperar muchísimas gratas sorpresas en el futuro.

Si bien todavía no se han alcanzado niveles competitivos  de precios con los combustibles actuales y también algunos insumos que se están estudiando no serán viables, esto no quita la necesidad de seguir realizando investigación y desarrollo, ya que ha habido avances significativos en muchas áreas. En Europa por ejemplo se está ya construyendo la primera planta comercial de etanol lignocelulósico. Otro ejemplo interesante es el caso de las biorefinerías, en el que combustibles como el bioetanol constituyen opciones intermedias, ya que en el largo plazo se van a integrar con la producción de bioplásticos y toda una serie de materiales de la industria química (la llamada química verde) que hoy dependen de los combusti bles fósiles.

Cabe mencionar también que los autos eléctricos –que sin duda tienen un rol muy importante y creciente como alternativa al uso de combustibles fósiles en el transporte- no son una solución mágica tampoco, ni tienen una perspectiva de cambiar radicalmente a este sector en el corto o mediano plazo. Qué tan efectivos son para reducir las emisiones depende de la fuente de generación eléctrica, del tipo específico de auto eléctrico y de los patrones de uso. En realidad, sólo ganamos en mitigación de emisiones (no así en eficiencia del sistema necesariamente) en caso de usar gas natural o energías renovables en la generación eléctrica. Valdría la pena debatir sobre este tema –también sobre los vehículos híbridos, que pueden tener también un papel muy relevante en la transición energética– antes de promover los coches eléctricos como la única solución al problema energético en el transporte. Sin duda, la primera alternativa a la demanda de combustibles fósiles en el transporte es aumentar la eficiencia del sistema, incluyendo en esto mucho más que los coches y sus combustibles, es decir, todo lo que se relaciona con el rediseño del sistema de transporte (movilidad, transporte público, etcétera).

LOS BIOCOMBUSTIBLES COMO OPORTUNIDAD PARA MÉXICO

En suma, los biocombustibles no son la alternativa para el transporte ni hay ninguna alternativa en singular para el transporte en nuestro país. Desde mi perspectiva, lo interesante dentro del tema de biocombustibles es explorar algunos nichos:  en primer lugar el uso de residuos, luego la posibilidad de que entren como aditivos o lubricantes y ver qué nuevas opciones van saliendo en cuanto a segunda y tercera generación. Para esto, hay que tener sistemas sustentables en lo socio-ambiental.

Hay bastante gente trabajando ahora en estas cuestiones, desde paquetes agronómicos de tipo agroecológico, análisis de ciclo de vida, y certificación de sustentabilidad. Pero es un camino que requiere constancia, visión y políticas de mediano y largo plazo, y por supuesto no cerrar las puertas a los nuevos desarrollos y a la investigación.

Los biocombustibles representan un conjunto de opciones amplio y diverso. Existen también diferentes tipos de sistemas productivos que no implican necesariamente exacerbar la competencia con alimentos. Por esto, vale la pena incluirlos para cubrir nichos específicos dentro de un mosaico amplio de alternativas para el transporte, particularmente en el periodo de la transición energética hacia las energías renovables. La bioenergía puede ser un complemento importante en esa transición.

Al promover e incentivar el uso sustentable e integral de la bioenergía, México será capaz de hacer frente tanto a la seguridad de suministro energético como al cambio climático, fomentando simultáneamente una economía sostenible orientada al futuro con empleos verdes de alta calidad.

La Red Mexicana de Bioenergía (REMBIO A.C.) promueve desde el año 2006 el uso sustentable y eficiente de la biomasa con fines energéticos en el país. La bioenergía es una fuente de energía renovable extremadamente versátil, proveniente de material vegetal, residuos agropecuarios y forestales, entre otros, y se puede utilizar para la producción de combustibles sólidos (leña, carbón), líquidos (bioetanol, biodiesel) y gaseosos (biogás), así como para producir electricidad.

Desarrollada sustentablemente, la bioenergía es también una alternativa real para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, para evitar la dependencia de combustibles fósiles, para mejorar la calidad de vida en zonas rurales y para abrir nuevas vías al desarrollo económico regional, entre muchas otras ventajas.


* Investigador, Centro de Investigaciones en Ecosistemas, UNAM. Miembro del Consejo Asesor, Red Mexicana de Bioenergía ([email protected]).

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