Via: Reforma, 8 de noviembre de 2011.
Peregrina el secretario de Energía, Jordy Herrera, de foro en foro pregonando su convicción de que México debe desarrollar su gran potencial de shale gas. Sin embargo, los tomadores de decisiones no le hacen caso, porque los reflectores del país están sobre otros asuntos. Tampoco Petróleos Mexicanos (Pemex) le hace caso, por razones comprensibles: no tiene presupuesto para shale gas, tiene otras prioridades y el precio del gas está muy deprimido. Además, Pemex siempre ha entendido su misión como el desarrollo del petróleo y no del gas.
El interés por el shale gas se despertó a raíz de un informe de la Energy Information Administration (EIA) de Estados Unidos que estima que México tiene un enorme potencial por descubrir y desarrollar. Ahora, si es cierto que México tiene un vasto potencial geológico que permita desarrollar shale gas masivamente, es razonable suponer que también lo tiene para shale oil. Y a últimas fechas, en Estados Unidos, el interés de los bancos y de la industria petrolera ahora se desplaza más hacia el shale oil.
El diario inglés The Sunday Times cita un informe (que aún no se hace público) de la correduría Goldman Sachs, el cual pronostica que, gracias al shale oil, Estados Unidos se convertirá en el primer país productor de petróleo del mundo en el año 2017, superando a Arabia Saudita, Rusia y Canadá. A su vez, Thomas Petrie, vicepresidente de la banca corporativa y de inversiones globales de Bank of America, comentó a la agencia Reuters que, en los próximos cinco años, la producción petrolera obtenida de cuencas de shale, como Eagle Ford, Bakken y Niobrara, podrían potencialmente catapultar la producción de shale oil en Estados Unidos a 2 millones de barriles diarios (b/d), es decir, un volumen que equivale al 80 por ciento de la producción total actual de México. De hecho, ese país ya produce 400,000 b/d en el enorme Bakken Shale y se prevé que la producción sólo en el estado de Dakota del Norte podría alcanzar un millón de b/d en pocos años.
Tratándose de petróleo y no de gas, ¿despertarán estos pronósticos el interés de Pemex? En todo caso, resulta dudosa la confiabilidad de estas estimaciones y predicciones, ya que falta precisar el sustento geológico y las definiciones de petróleo que se manejan. Se trata de potenciales hipotéticos, igual que en el caso de los 681 trillones de pies cúbicos de potencial de shale gas que, según la EIA, posee México. Se requiere, en ambos países, definir localizaciones, cuantificar reservas, realizar evaluaciones precisas de volúmenes recuperables y costos, y definir regulaciones ambientales.
Sin embargo, en Estados Unidos basta que existan hipótesis y especulaciones para que de inmediato aparezca capital de riesgo que se apresura a hacer prospecciones y, en poco tiempo, convierte éstas en proyectos reales y viables. Prueba de ello es que en apenas cinco años, las explotaciones de shale gas pasaron del 1 por ciento a aportar el 30 por ciento de la producción de gas natural en Estados Unidos, cambiando la carátula de la industria del gas en ese país. Además, instituciones como Goldman Sachs y Bank of America ya están avisando que están dispuestas a poner el dinero.
En México, también somos buenísimos para especular sobre vastos potenciales petroleros no probados –ahí están los casos de Chicontepec y aguas profundas–, pero las leyes impiden que haya compañías que puedan destinar su capital a explotaciones de riesgo. Así, México difícilmente podrá desarrollar actividades petroleras de frontera. Teniendo en cuenta las sensibilidades nacionales en el tema, lo idóneo sería que Pemex tuviera capacidad y éxito en el desarrollo de los shales. El problema es que nuestros impuestos no deben ocuparse como capital de riesgo.
David Shields es analista de la industria energética. Su e-mail: davshields@hotmail.com
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