Durante años, la sostenibilidad fue un concepto cómodo, casi periférico, en la agenda de las organizaciones. Se vinculaba con las iniciativas de responsabilidad social o estrategias de reputación que, aunque valiosas, pocas veces incidían en el núcleo de las decisiones de negocio. Hoy esa realidad se desplaza hacia el centro de la rentabilidad y la estrategia financiera.
Esta transición se vuelve especialmente tangible entre marzo y julio, durante la rendición de cuentas, cuando la publicación de reportes integrados hace visibles los avances, métricas y compromisos ambientales, sociales y de gobernanza (ASG) de las empresas.
Lejos de la narrativa de la imagen pública, los criterios ASG se han convertido en un componente estratégico al contribuir al posicionamiento, facilitar el acceso a cadenas globales de valor y habilitar nuevas oportunidades de financiamiento.
Este cambio ocurre porque los mercados empiezan a solicitar información ambiental cada vez más detallada, verificable y costosa de obtener. El comercio exterior es un espacio donde se observa este fenómeno. La Unión Europea, a través de mecanismos como el Carbon Border Adjustment Mechanism (CBAM), ya incorpora requisitos de reporte sobre las emisiones asociadas a la producción de determinados bienes importados, convirtiendo la transparencia en un elemento cada vez más importante para acceder a esos mercados.
A su vez, la misma exigencia aparece en el mundo financiero a través de instrumentos como los bonos verdes. Estos permiten canalizar recursos hacia proyectos capaces de demostrar beneficios ambientales reflejando una demanda creciente por parte de los inversionistas de contar con mayores elementos para evaluar el desempeño y la viabilidad de las propuestas que buscan financiar. Para acceder a estos fondos se requiere demostrar con datos auditables e indicadores verificables el impacto de las operaciones, haciendo de la evidencia técnica una de las principales llaves para obtener financiamiento.
Es precisamente al intentar cruzar estas aduanas comerciales y financieras cuando las empresas se enfrentan a un duro choque con la realidad. Al consolidar sus reportes integrados descubren que su impacto es mucho mayor de lo que estimaban, encontrando nuevas barreras para acceder a determinados mercados o fuentes de capital.
Comprender el origen de las emisiones contaminantes se convierte en una necesidad y, para responder a este reto, el Greenhouse Gas Protocol (GHG Protocol) desarrolló el Corporate Accounting and Reporting Standard, un marco internacional para armonizar los criterios de medición global. Es ahí donde cobra relevancia el denominado Alcance 3, el cual incorpora las emisiones indirectas producidas fuera de la empresa, es decir, todas aquellas que provienen de los socios comerciales que forman parte de su cadena de valor.
Para dimensionar el efecto de este indicador, basta ver el caso de Kraft Foods, documentado en el Corporate Value Chain (Scope 3) del GHG Protocol. La empresa identificó que más del 90 % de su inventario total de emisiones correspondía al Alcance 3, de las cuales el 70 % provenía de la categoría de bienes, servicios y materias primas adquiridas a terceros.
Cuando las empresas entienden que buena parte de su huella de carbono depende también de las prácticas de sus proveedores, la relación con ellos cambia por completo. La evaluación, que antes se limitaba al precio, la calidad y la capacidad de entrega, comienza a complementarse con información sobre emisiones, consumo energético, trazabilidad y gestión de residuos.
“Cuando las empresas entienden que buena parte de su huella de carbono depende también de las prácticas de sus proveedores, la relación con ellos cambia por completo”.
Frente a esta coincidencia de factores, donde clientes, inversionistas y mercados avanzan en la misma dirección, la generación de información se convierte en un activo de la empresa.
Al final, responder a este desafío definirá quién entra y quién se queda fuera. La clave está en hacer del desarrollo de proveedores una prioridad compartida del sector, reconociendo que la competitividad de una empresa también se construye a partir de las capacidades de quienes integran su cadena de valor.
Solo desde esta visión colectiva será posible acelerar la adopción de mejores prácticas, fortalecer la industria y ampliar las oportunidades para todos los actores que forman parte de ella.
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