Cada vez que se habla de minerales críticos en América Latina, la conversación suele comenzar en el mismo lugar: los recursos que tenemos bajo el suelo. Litio, cobre, níquel, manganeso, grafito o tierras raras aparecen como la gran oportunidad para que la región participe en la transición energética.
Sin embargo, durante el Ciclo Regional de Diálogos sobre Transición Energética Justa, Minerales Críticos y Juventudes en América Latina y el Caribe, surgió un punto de coincidencia entre quienes participamos en el panel sobre geopolítica y minerales críticos: la verdadera oportunidad para la región no está únicamente en extraer más minerales, sino en desarrollar la capacidad de transformarlos.
La transición energética suele describirse como una sustitución de combustibles fósiles por energías renovables. En realidad, es una transición profundamente material. Cada vehículo eléctrico, cada batería, cada aerogenerador y cada panel solar requieren cantidades crecientes de minerales procesados con especificaciones técnicas cada vez más sofisticadas.
Y ahí es donde aparece la gran paradoja latinoamericana.
La región concentra una parte importante de las reservas mundiales de minerales estratégicos, pero continúa exportando principalmente concentrados minerales para que el mayor valor agregado se genere en otras partes del mundo. La dependencia ya no se define únicamente por quién posee los recursos naturales, sino por quién domina el conocimiento, la tecnología y los procesos industriales que los convierten en materiales útiles para la manufactura avanzada.
Hoy, el verdadero cuello de botella no está en la extracción. Está en el procesamiento.
Mientras buena parte del debate público gira en torno a abrir o cerrar minas, la competencia internacional se desarrolla en otro nivel: la producción de materiales intermedios para baterías, el refinado de alta pureza, la metalurgia avanzada y la innovación de procesos industriales capaces de reducir costos, emisiones e impactos ambientales.
Ese cambio de perspectiva modifica también la conversación sobre sostenibilidad.
Durante décadas, los relaves mineros fueron considerados únicamente un pasivo ambiental. Hoy representan también una oportunidad tecnológica. Millones de toneladas de residuos contienen minerales que antes no podían recuperarse de manera rentable, pero que las nuevas tecnologías comienzan a hacer accesibles.
Innovar en el tratamiento de relaves no solo reduce riesgos ambientales y disminuye la necesidad de abrir nuevos yacimientos. También puede convertirse en una nueva industria para América Latina, capaz de generar conocimiento, empleo especializado y materiales críticos con una huella ambiental significativamente menor.
La innovación, por tanto, deja de ser un complemento de la minería para convertirse en su principal ventaja competitiva.
Esto exige una visión distinta de política industrial. No basta con atraer inversión para extraer minerales. Es necesario construir capacidades de refinación, procesamiento químico, manufactura de materiales para baterías, reciclaje y recuperación secundaria de minerales. También implica fortalecer universidades, centros de investigación, empresas tecnológicas y ecosistemas de innovación que permitan desarrollar procesos propios, adaptados a las condiciones de la región.
La pregunta estratégica ya no es cuánto mineral exportaremos durante las próximas décadas.
La pregunta es cuánto conocimiento seremos capaces de generar alrededor de esos minerales.
La soberanía energética tampoco consiste únicamente en producir más energía limpia. Consiste en participar de manera significativa en las cadenas de valor que harán posible esa transición.
América Latina posee recursos naturales extraordinarios. Pero los recursos, por sí solos, nunca han garantizado desarrollo.
«América Latina posee recursos naturales extraordinarios. Pero los recursos, por sí solos, nunca han garantizado desarrollo».
La historia económica de la región demuestra que exportar materias primas rara vez produce prosperidad sostenida. Lo que genera desarrollo es la capacidad de transformar recursos en tecnología, innovación y productos de alto valor agregado.
Quizá esa sea la conversación que necesitamos comenzar.
Porque la ventaja competitiva del futuro no pertenecerá necesariamente a quien extraiga más minerales, sino a quien aprenda a procesarlos mejor, con menor impacto ambiental, mayor contenido tecnológico y mayor valor para su propia economía.
En la transición energética, la riqueza ya no estará únicamente bajo tierra. Estará, sobre todo, en el conocimiento que seamos capaces de construir sobre ella.
*/ Yaxa Michel es presidenta de la Asociación Mexicana de Minerales Críticos, desde donde impulsa prácticas sostenibles, innovación y cooperación en el sector. Con más de 15 años de experiencia en comunicación estratégica, asuntos corporativos y cabildeo, ha trabajado en múltiples industrias y liderado iniciativas ESG en México.
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