La confiabilidad de un sistema crítico es directamente proporcional al respeto por la jerarquía de sus funciones. Ignorar este principio es el inicio de toda degradación sistémica.
Toda organización que opera infraestructura crítica enfrenta una condición estructural: cada función debe ser medida antes de poder asignársele valor, no como un trámite administrativo, sino como una necesidad operativa. El valor de una función no proviene de su título ni de su visibilidad, sino de lo que exige de quien la ejerce: preparación, criterio, capacidad de decidir bajo presión y responsabilidad real sobre las consecuencias de sus decisiones.
Por esta razón, las organizaciones que operan sistemas críticos no asignan valor por jerarquía nominal, sino por impacto funcional. Durante décadas, metodologías estructuradas permitieron medir ese impacto con precisión. No evaluaban personas, sino funciones en relación directa con el sistema que sostenían. Al hacerlo, revelaron un principio fundamental: no todas las funciones tienen el mismo peso, porque no todas interactúan con el sistema en el mismo nivel.
En un sistema eléctrico nacional, esta diferencia no es conceptual, sino física. Su estabilidad depende de decisiones tomadas dentro de márgenes estrictos, donde la capacidad no es una cualidad deseable, sino una condición operativa indispensable. El sistema no responde a percepciones, sino a la calidad de las decisiones que lo gobiernan. Por ello, el valor de la función que sostiene su estabilidad no depende del entorno, sino de su relación directa con el sistema.
El valor de una función es, en esencia, una proporción entre lo que exige y la capacidad necesaria para ejercerla correctamente. Cuando esa proporción se respeta, el sistema atrae y retiene la capacidad que necesita para sostenerse. La remuneración no crea esa proporción; la refleja. Es su consecuencia natural, derivada de la responsabilidad asumida y de las consecuencias inherentes a la función.
Este principio no solo sostiene la operación presente de un sistema, sino también su continuidad en el tiempo. Las funciones críticas no se forman de manera instantánea; se desarrollan durante años, incluso décadas, mediante la acumulación progresiva de conocimiento, experiencia y responsabilidad. La estabilidad futura depende de que esa trayectoria conserve coherencia estructural. Cuando esa coherencia se rompe, cuando la proporción entre exigencia y reconocimiento deja de sostenerse en el tiempo, el sistema introduce una discontinuidad en su propia referencia. No se trata de un ajuste administrativo, sino de una alteración estructural cuyas consecuencias no son inmediatas, pero sí inevitables.
Ningún sistema puede preservar su estabilidad futura si deja de reconocer, de manera consistente, el valor real de las funciones que lo sostienen. Cuando esa proporción se rompe, ocurre un fenómeno predecible: la capacidad comienza a desplazarse. No por ideología, sino por estructura. Las funciones más exigentes dejan de sostenerse bajo condiciones que ya no corresponden a su realidad operativa, y gradualmente la capacidad migra hacia entornos donde esa correspondencia aún existe.
“Ningún sistema puede preservar su estabilidad futura si deja de reconocer, de manera consistente, el valor real de las funciones que lo sostienen”.
Externamente, el sistema puede parecer el mismo. Internamente, sin embargo, comienza a cambiar. La calidad disminuye, la continuidad se vuelve frágil y la estabilidad deja de ser una propiedad inherente del sistema para depender del esfuerzo individual de quienes lo sostienen. La responsabilidad permanece, pero la capacidad estructural para sostenerla comienza a erosionarse.
Este proceso no es inmediato, pero es progresivo e inexorable. Toda degradación sistémica comienza en el momento en que la estructura deja de reflejar la realidad funcional que la sostiene. Y ningún sistema que pierde su referencia interna permanece estable indefinidamente.
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