A medida que pasan los días, las “externalidades” de una brutal acción militar en el principal nudo del mercado internacional de hidrocarburos se van reflejando en preocupaciones de escasez y subida de precios del petróleo, gas natural y fertilizantes, y los responsables de la energía y la economía de, prácticamente, todo el mundo, sopesan las consecuencias y miran las cartas que tienen en la mano.
Tomarán días en que esto se vaya definiendo, pero el asunto va para largo, más aún cuando se ha acorralado al país que tiene al Estrecho de Ormuz (por donde pasa el 20 % del petróleo que se consume en el mundo) en sus aguas territoriales, con más de 92 millones de habitantes, con más de un millón de soldados listos para defender su país, un inventario indefinido de drones capaces de destruir o incapacitar cualquier tipo de infraestructura moderna y, de manera principal, un líder religioso islámico que murió como mártir –uno de los actos personales con mayor peso espiritual y cultural de esta fe– y que, inevitablemente, guía el comportamiento de esos cientos de miles de combatientes que convertirán a esto en una “guerra santa”.
Y hora ¿qué hacemos? Esa es una pregunta que responde con una larga lista de alternativas que se asoman al corto, mediano y largo plazo, seguramente cruzando los dedos para que esto termine mañana mismo. Sin embargo, en el corto plazo, en las semanas y meses que vienen, más allá de utilizar reservas de energéticos que pocos países tienen, las únicas respuestas posibles se ubican en, ya sea, limitar la oferta (ya sea porque no se tiene o porque su precio la vuelve inaccesible para universos de usuarios) o actuar sobre la demanda, buscando evitar el desperdicio o mejorando, con lo que se tenga a la mano, la eficiencia con la que se usa la energía.
Evidentemente, el costo de limitar la oferta o encarecerla es siempre económica y políticamente muy alto, por lo que siempre se buscará, primero y en lo posible, actuar sobre la demanda.
Es en esos momentos cuando, de pronto y casi de la nada, el ahorro y uso eficiente de la energía se vuelve prioritario y los gobiernos lanzan grandes campañas publicitarias para que la sociedad responda y donde se pide, típicamente, que se apaguen las luces de día, que los baños se tomen con agua fría y que en las oficinas públicas se dejen de usar las cafeteras. Sin embargo, aunque se pueda reducir el consumo, estas acciones tienen un carácter meramente mediático, tienen muy poco impacto real y solo sirven para ganar un poco de tiempo.
Es aquí donde las instituciones, programas y reglas que han creado los países a lo largo de los años se vuelven en elementos clave para una respuesta de mayor alcance y con una mayor rentabilidad social. Esto permite tener cuatro elementos básicos para que se tenga una respuesta adecuada y exitosa: información para tomar decisiones, un mercado de equipos y sistemas eficientes, instituciones que articulen financiamiento e instituciones que apoyen técnicamente a grandes usuarios.
“…las instituciones, programas y reglas que han creado los países a lo largo de los años se vuelven en elementos clave para una respuesta de mayor alcance y con una mayor rentabilidad social”.
Primero, el haber trabajado para saber para qué, dónde, con qué y a qué hora se consume la energía, sirve para ubicar las oportunidades de mayor alcance y rentabilidad.
Segundo, el tener un sistema establecido y robusto de regulaciones técnicas obligatorias para los equipos y sistemas que entran al mercado y que sean cada vez más eficientes, lo que a su vez permite que se puedan establecer programas de gran alcance para sacar de los hogares, comercios e industrias a los más equipos ineficientes.
Tercero, tener organismos que pueden manejar fondos públicos que abaraten o permitan financiar el cambio de equipos y que saben colocar estos productos con financiamiento y sistemas de cobro ya bien establecidos, permite tener impactos equivalentes a nueva oferta, pero en un tiempo menor y con una variedad de beneficios adicionales (notablemente ambientales y de empleo).
Y, cuarto, tener instituciones con programas que dan soporte técnico, directo e indirecto (a través de terceros acreditados) a grandes conjuntos de usuarios en el propio gobierno, en la industria y el comercio, y en los servicios municipales.
Afortunadamente, con algunos “asegunes”, México cuenta con esos cuatro elementos, desarrollados, además, a lo largo de más de treinta años.
Por supuesto, el portafolio de acciones es mucho más amplio en una perspectiva de mayor plazo –-con las energías renovables como la solar y eólica– pero, en el corto, la eficiencia energética va primero.
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