Más allá del CAPEX y la narrativa verde: por qué la falta de gobernabilidad se ha convertido en el principal riesgo financiero para una fotovoltaica que ya no sobrevive solo por ser limpia.
El despacho eléctrico ya no prioriza únicamente cuánta energía se genera, sino cómo se comporta esa energía dentro del sistema. En un entorno con alta penetración fotovoltaica, la gobernabilidad operativa se ha vuelto más determinante que el origen tecnológico.
Este cambio no responde a una política declarada ni a una preferencia ideológica. Es una consecuencia directa de la operación de un sistema más cargado, con menor margen y mayor sensibilidad a la variabilidad. Cuando la continuidad y la previsibilidad se ven comprometidas, el despacho deja de premiar energía intermitente sin control y comienza a favorecer aquella que puede sostenerse y responder.
Los límites estructurales de la intermitencia
La generación fotovoltaica sin respaldo presenta dos límites estructurales que el sistema ya no puede absorber como antes. El primero ocurre en la entrada: variaciones súbitas de irradiancia introducen rampas que deben compensarse en tiempo real. El segundo ocurre en la salida: ante eventos de red o contingencias, la generación puede desaparecer demasiado rápido, trasladando el problema aguas arriba.
Durante años, ese costo fue socializado. La red absorbía la variabilidad, el sistema redistribuía esfuerzos y el impacto se diluía. Hoy, ese margen se ha reducido. El costo ya no desaparece: empieza a reflejarse en el despacho, aunque no siempre se exprese de forma explícita.
BESS: De complemento a herramienta operativa
En este contexto, el almacenamiento con baterías deja de ser un complemento tecnológico y se convierte en un mecanismo de gobernabilidad de la energía. No como discurso de transición ni como accesorio competitivo, sino como herramienta operativa que permite amortiguar variabilidad, sostener entrega y, sobre todo, administrar la propia salida del sistema.
El despacho moderno no penaliza a la fotovoltaica por ser limpia. Penaliza a la energía que no puede responder cuando el sistema la necesita. Y cuando el sistema entra en estrés, la prioridad deja de ser el costo marginal y pasa a ser la capacidad de control.
El nuevo riesgo financiero: Estar pero no despacharse
Para los proyectos fotovoltaicos utility-scale, la implicación es directa: un activo sin capacidad de respuesta se vuelve un activo contingente. Produce cuando puede, pero no necesariamente cuando conviene al sistema. En ese escenario, el riesgo ya no es técnico ni ambiental; es económico.
El riesgo ya no es no interconectarse. El riesgo es interconectarse y no despacharse. Y sin despacho, no hay ingreso, por muy competitivo que haya sido el CAPEX inicial.
La evolución inevitable de la red
Este proceso no es exclusivo de un país ni de una regulación específica. Sistemas eléctricos con alta penetración renovable ya han recorrido este camino: primero curtailment, luego pérdida de valor y, finalmente, almacenamiento como condición práctica para permanecer relevante. No por moda ni por presión ideológica, sino porque el sistema lo exige.
Por eso, el mensaje para la fotovoltaica utility es incómodo pero claro: el BESS ya no es un “extra” estratégico; es un escudo operativo frente a un despacho que empieza a priorizar energía gobernable. Quien no lo entienda seguirá conectado, pero cada vez con menor peso en el sistema.
“El BESS ya no es un ‘extra’ estratégico; es un escudo operativo frente a un despacho que empieza a priorizar energía gobernable”.
Conclusión: La viabilidad en el control
Esto no es una recomendación tecnológica ni un argumento ambiental. Es un criterio de operación y de viabilidad. El despacho ya eligió, y eligió a quienes pueden responder, sostener y controlar su comportamiento dentro de la red.
Quien siga pensando la fotovoltaica como generación aislada está leyendo el sistema con mapas viejos. Y en un sistema eléctrico real, leer mal el terreno no es un error teórico: es una decisión que cuesta dinero.
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