“Afuera estaban quienes construyeron la abundancia petrolera de México, adentro estábamos quienes, entre cafés, recuerdos y algo de esperanza, intentábamos imaginar cómo volver a construirla.”
Durante años, el Congreso Mexicano del Petróleo (CMP) fue mucho más que un evento académico, o una exposición técnica, era un punto de encuentro entre inversionistas, operadores, empresas de servicios, contratistas, navieras, investigadores y representantes gubernamentales, entre otros.
Se hablaba con gran entusiasmo de nuevas oportunidades de inversión, nuevos descubrimientos, de proyectos costa afuera, de campos maduros y de exploración.
En general veníamos al CMP para hablar de los proyectos que estaban por llegar, veníamos con gran ilusión, con grandes posibilidades de cerrar algún contrato, a compartir experiencias, hacer una cadena de relaciones que muy probablemente fueron fructíferas, existía oferta y demanda a gran escala, sin duda, compartíamos una misma convicción: México representaba una de las oportunidades energéticas más importantes del mundo, pero, sobre todo, el Congreso era un espacio donde existía una expectativa compartida de crecimiento.
Hoy en la edición del CMP 2026, la percepción parece distinta, mi sentimiento es que nos reunimos para hablar de los proyectos que nunca llegaron, de los que se fueron, o de los que todavía esperamos que algún día regresen.
Hoy, se ha convertido en un espacio donde la industria recuerda quién fue, analiza quién es y se pregunta quién quiere volver a ser. Porque el verdadero desafío para la industria petrolera mexicana no es recordar sus mejores años, es crear las condiciones para que las próximas generaciones tengan nuevos años que recordar.
El CMP sigue siendo un foro técnico de enorme relevancia para México, pero también es cierto que los congresos suelen reflejar el estado de salud de las industrias que representan.
“CIUDAD DEL CARMEN ES UNA DE LAS EVIDENCIAS MAS CLARAS DEL CAMBIO DE LA INDUSTRIA”.
Ciudad del Carmen, que fue durante décadas uno de los centros neurálgicos de la actividad petrolera mexicana.
Su crecimiento económico, comercial e inmobiliario acompañó la expansión de la industria. Hoy, recorrer sus calles permite observar cómo las decisiones energéticas también tienen consecuencias económicas y sociales tangibles. La ciudad se convirtió en un termómetro de la actividad petrolera nacional y su desaceleración refleja, quizá mejor que cualquier estadística, la transformación que ha vivido el sector.
Mientras recorría los pasillos, veía caras conocidas y también algunas nuevas, ingenieros, geólogos, académicos, consultores, proveedores, directivos y viejos amigos de una industria que, de una u otra manera, han marcado nuestras vidas profesionales, y por momentos me preguntaba qué nos había traído realmente hasta aquí, porque la respuesta ya no parecía ser únicamente los negocios y tampoco la expectativa de un gran descubrimiento, o de una nueva ola de inversión.
Había algo más, como si, de alguna manera, todos hubiéramos acudido a este Congreso para recordarnos mutuamente que seguimos aquí, para darnos ánimo, para compartir esperanza, para encontrar respuestas que todavía no tenemos, o quizá, simplemente, para encontrar consuelo en quienes entienden exactamente lo que estamos viendo y sintiendo.
Hubo momentos en los que las conversaciones parecían menos reuniones de negocios y más largas charlas entre compañeros de viaje que intentan comprender cómo una industria que alguna vez pareció imparable terminó instalada en el estancamiento.
Y, sin embargo, nadie hablaba de rendirse, por el contrario, persistía una especie de optimismo obstinado; la esperanza de que tal vez el próximo proyecto llegue, que quizá la presente administración, o la siguiente llegue a comprender la importancia del sector, o que todavía existe el tiempo para corregir el rumbo y que aún podemos recuperar parte de aquello que se perdió.
Por momentos, resultaba inevitable pensar que todos habíamos llegado al Congreso con una esperanza silenciosa: que esta congregación de talento, de experiencia, de conocimiento y memoria colectiva fuera capaz de hacer algo parecido a la magia y que entre conversaciones, paneles y cafés pudiéramos encontrar la fórmula mágica para devolverle dinamismo a una industria que durante décadas fue motor de crecimiento para México.
Quizá eso explique la atmósfera que se respira en los pasillos, no es optimismo, no es pesimismo, es algo más complejo; es la esperanza de quienes recuerdan demasiado bien lo que la industria fue y todavía se resisten a aceptar que no pueda volver a serlo.
EL OLVIDO DE QUIENES CONSTRUYERON LA ÉPOCA DORADA.
Mientras que dentro del Congreso hablábamos desde la nostalgia y discutíamos el futuro de la industria, afuera los jubilados de Pemex nos recordaban que la historia petrolera de México también está escrita por ellos y que dedicaron su vida a construirla; sin embargo, permanecían afuera. Eran precisamente ellos quienes ayudaron a construir la abundancia petrolera que durante décadas sostuvo la industria nacional. Esa imagen es la que me acompañó durante estos días.
A las puertas del Congreso permanecían hombres y mujeres de la tercera edad, jubilados de Pemex, muchos de ellos protagonistas silenciosos de la construcción de la industria petrolera mexicana.
No pretendo entrar en el debate sobre sus demandas, sus pensiones, o sus derechos. Ese es un tema complejo que merece una discusión propia con mucho más que un análisis político, debe ser con respeto y memoria.
“Lo que me llamó la atención fue algo distinto: el simbolismo.”
Mientras ellos permanecían afuera, observaba una paradoja difícil de ignorar. Muchos de esos jubilados pertenecen a la generación que ayudó a construir la infraestructura, los campos, las plataformas y las capacidades técnicas que permitieron a México convertirse en una potencia petrolera.
Fueron parte de una época en la que el país discutía cómo producir más, cómo descubrir nuevos yacimientos y cómo expandir una industria que parecía destinada a crecer indefinidamente: Ellos construyeron la abundancia; nosotros heredamos la incertidumbre y quizá por eso la escena resultaba tan poderosa.
Porque mientras afuera permanecían quienes ayudaron a construir el pasado energético de México, adentro no se discutía realmente un gran auge petrolero, ni una nueva etapa de expansión. La conversación era otra, era más parecida a una reunión entre viejos amigos que comparten un café y se preguntan:
- ¿Qué ocurrió?
- ¿Qué decisiones nos trajeron hasta aquí?
- ¿Qué oportunidades dejamos pasar?
- ¿Qué industrias perdimos?
- ¿Qué empresas desaparecieron?
Y, sobre todo, cómo podríamos volver a construir una actividad petrolera capaz de generar inversión, empleo y crecimiento.
Teníamos cierta esperanza, pero también había nostalgia; había deseo, pero también incertidumbre; había talento, pero faltaban proyectos.
Por momentos, el CMP 2026, dejó atrás los temas académicos, tecnológicos, etcétera… y parecía más un espacio donde sus protagonistas intentaban imaginar cómo recuperar el futuro.
Mientras tanto, afuera, permanecían quienes ayudaron a construir aquello que hoy seguimos recordando y fue imposible no pensar que la historia petrolera de México se encontraba representada en ambos lados de la puerta. De un lado, quienes construyeron la industria, del otro, quienes intentamos encontrar la manera de reconstruirla.
Quizá esa sea la fotografía que mejor define el momento que atraviesa el sector energético mexicano.
“La historia petrolera de México ya fue escrita por generaciones extraordinarias. La pregunta que permanece abierta es si nuestra generación tendrá la visión, la capacidad y la determinación para encontrar espacios de dialogo, construir acuerdos y desarrollar una industria petrolera compatible con las prioridades del Estado y las necesidades de inversión que exige el futuro, porque ninguna industria vive para siempre de recuerdos; tarde o temprano debe volver a apostar al futuro.”
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