El único subsector de la energía que nunca paró desde el fatídico 2019 es la generación distribuida. Si bien hubo años en que se desaceleró, no dejó de crecer.
A finales del sexenio pasado quisieron cambiar las reglas, pero no pasó algo y se quedó en proyecto.
Ahora la ley ya cambió. Subió el límite de capacidad que no requiere permiso y eso tiene a miles de instaladores a la espera.
Desde el año pasado anda el rumor de que ya viene la nueva regulación, que será más estricta (cosa que se celebraría), pero que también abre más oportunidades.
Se dice que no fue de las primeras regulaciones en modernizarse porque el sector ha seguido caminando.
Entre la carta a los Reyes de los que saben, se encuentra: mayores exigencias a equipos e instaladores (inexistentes ahora) y ampliar las posibilidades en generación comunitaria, además de otras como limitar el tamaño de los paneles para que sean más seguros, los controles de los inversores, la obligatoriedad de la corresponsabilidad de inversores, que la Comisión Federal de Electricidad (CFE) de Emilia Calleja Alor ponga solución al retraso que trae con los trámites (dicen que no hay medidores en casi todo el país) y una larga lista de pendientes.
Si vienen así, esperemos que pronto salgan.
¿Estamos ante la diáspora energética mexicana?
La Asociación de Empresarios Venezolanos en México (AEVM) que lleva Rafael Daryanani está impulsando el regreso de todas y todos aquellos profesionistas, técnicos e ingenieros que tuvieron que dejar su país en la década de los 2000 y 2010, principalmente en la llamada “diáspora venezolana”, para reconstruir la industria petrolera de esa nación, abandonada por más de dos décadas.
Talento, tecnología y, por supuesto, capitales –inversión y financiamientos– están esperando a que las puertas terminen de abrirse en Venezuela… justo en la línea contraria hacia donde posiblemente México está yendo.
La propia AEVM advirtió la semana pasada que compañías mexicanas del sector del petróleo y gas, por mencionar solo algunas, están ya haciendo sus maletas con visa venezolana empujadas, sí, por el auge que se vislumbra por allá, pero también por los cambios regulatorios –constitucionales y legales– que ha promovido la Cuarta Transformación desde su llegada en 2018, además de que la empresa del pueblo Petróleos Mexicanos (Pemex) no tiene cómo garantizar el pago a sus proveedores.
Lo anterior sería solo anecdotario si no fuera porque justo en abril pasado empresas extranjeras, mayoritariamente estadounidenses de diversas ramas económicas –y de las grandes–, denunciaron un “acoso fiscal” perpetrado por el gobierno mexicano a través del Servicio de Administración Tributaria (SAT) que lleva Antonio Martínez Dagnino, lo que se suma a la larga lista de quejas de compañías específicas del sector energético que México viene arrastrando desde hace ya varios años.
Pese a los anuncios triunfalistas, el Banco de México reconoció a principios de este 2026 que en el ejercicio anterior salieron de México nada más que 92 mil 353 millones de pesos, en parte debido a los conflictos geopolíticos y las ocurrencias del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pero también por la incertidumbre jurídica que prevalece en México. El recorte en las tasas de interés por el banco central también bajaron el interés por los bonos de México.
Por otro lado, usted recordará que hay una caída en el número de patrones registrados ante el Instituto Mexicano del Seguro Social de 2.7 por ciento anual, lo que indica que algo no va bien en la economía del país.
En fin, no es que nosotros seamos pesimistas, pero no podemos evitar que nos surja la duda: ¿estamos ante el inicio de la diáspora mexicana?
Pemex y sus pérdidas
En donde ya ni llorar es bueno –sí, otra vez– es en Pemex. Y es que la empresa que comanda Víctor Rodríguez Padilla continúa con su mala racha literalmente en todo, incluidos sus pesos y centavos.
Como usted seguramente observó, nuestra empresa rescatada informó la semana pasada un incremento de 6 por ciento en sus pérdidas entre el primer trimestre de 2025 y el mismo periodo del año en curso para llegar a la fabulosa cantidad de 45 mil 993 millones de pesos.
Centavos más, centavos menos, ese monto es el mismo que el gobierno federal destinó el año pasado para obra ferroviaria de pasajeros y de carga, según lo aprobado el año pasado para el Presupuesto de Egresos de la Federación 2026. Y Pemex lo pierde en un trimestre.
Lo peor de todo es que las pérdidas no son de nuestra empresa, sino de todos los mexicanos en la nueva configuración de su naturaleza jurídica y administrativa. Digamos que Pemex pierde pero con soberanía.
Nosotros, por nuestra cuenta, nos sumamos a las voces de expertos, analistas y profesionales que han hecho reiterados llamados a una reingeniería de la estructura de negocios de Pemex porque es evidente que la actual no está funcionando. Y, por lo visto, ni lo hará.
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